carta.
Frida, mi amor:
Todavía estoy flotando. No puedo creer que finalmente nos
reencontramos, que pudimos vernos y abrazarnos. Ay, Fridita, ¡estoy emocionado!
Tú dijiste que no era posible congelar el tiempo, y
aunque sé que tienes razón, no perdía nada con intentarlo. Por eso, cuando ayer
por la tarde me preguntaste “¿por qué te detienes?” y entonces seguí caminando,
la realidad es que te estaba congelando.
Cerré los ojos, apretando con fuerza los párpados, para
mantenerte cerca de mis recuerdos cuando dijéramos adiós.
Fridita, ojalá pudiera explicarte cuánto te amo.
Quisiera describirte cómo fue para mí volver a verte,
sentí tanta calma en mi interior, y casi puedo jurar que estaba tan mareado que
veía corazones y flores flotando a tu alrededor. Creo que todavía estoy enamorado,
aunque me la pase intentando convencer a mi mente de que ya eres pasado.
Y entonces llegó el momento, te acercaste a mí con ritmo
lento, mis ojos vieron las estrellas y dentro mío algo con intensidad se
encendió, mi sangre hervía, mis piernas temblaban y mi boca sonreía. Eras tú,
finalmente. Eras tú, frente mío, real, preciosa, inigualable. Y me abrazaste,
mi niña, y me llenaste la vida de maravillas. Dejó de llover en mi alma, se
esfumó el miedo y en su lugar vino la calma. Trajiste todo lo bueno de vuelta
con tus hoyuelos y tus simpáticas cejas.
Te eché de menos.
Lo supe, Frida. Que me quieres, lo supe. Porque cuando
colapsaron en ese abrazo tu cuerpo y mi cuerpo, sentí a tu corazón latir por
mí. Por los dos.
No quería despedirme. Quería decirte que fuéramos a casa,
a recostarnos en la cama, a mirar por la ventana, a arrullarnos con suspiros, a
llenarnos de mimos. Quería tomar tu mano y no soltarte jamás. Inmortalizarte y
al mismo tiempo exorcizarme de tu amor.
Eres mi veneno y mi antídoto. Y si yo muriera hoy, por
favor déjame hacerlo hundido en tu cuerpo. Mátame, Frida. Mátame de amor, que
es la única muerte que no me hará querer volver, para arrastrarte conmigo y
volverte a tener.

Comentarios
Publicar un comentario