La mudanza.
Me resulta difícil empacar, porque nunca sé responder a la pregunta: “¿Qué he dejado de necesitar?”. Y es que en el fondo de mi corazón, ansío que los objetos impregnados a mis recuerdos sean indestructibles, inagotables e imperdibles, porque me transportan a rincones muy recónditos y cálidos de mi alma.
Pero ahora he decidido mudarme a una casa de fachada amarilla y tejas de arcilla, no es muy grande y aún no encuentro una mesa donde poder esparcir las fotografías que conservo de nosotros, así que todavía las mantengo en sus marcos originales, pero las he metido en una caja; honestamente, temo que se pongan celosas y se maltraten a propósito, eso le agregaría otro rasguño a mi corazón, porque no me atrevo a olvidarte.
La luz de esta nueva casa es blanca como la de los hospitales, es horrible, ¿verdad? Yo también prefiero la calidez, y hablando de eso, ¿qué te parecería un café? Compré una nueva cafetera, pero aún no hago la despensa, entonces no tengo azúcar… ni café; es que me da terror pensar que todo se va a caducar antes de que me arme de valor y consiga mudarme por completo a mi nuevo “hogar”.
No sé hasta cuando dejaré de sentirme extraña en esa casa que se ve tan pequeña y tan vacía, pero que al estar en soledad se transforma en gigantesca y me abandona en la tristeza mientras me transfigura a diminuta y me aprisiona ilusa y rota.
He pensando en dejar las paredes de blanco, pero tú sabes que prefiero los colores, iluminan la vida, son la sonrisa, la vitalidad y transforman los sueños en realidad. Por cierto, tus abrigos distintivos siguen por aquí, aún no me deshago de ellos porque pesan mucho y me asusta tener que donarlos a alguien más que no se acurruque entre las telas y no acaricie los botones remendados como lo hacías tú cuando la lluvia socorría la ciudad. Y hablando de lluvia aún vive el teléfono esqueleto, la plantita que compramos cuando caminamos por la plaza uno de esos domingos que tuviste libres y acudiste hasta a mí; la riego cada cinco días, que se vuelven una eternidad, porque cuando no la puedo regar tengo que marcharme a llorar a otro lugar. Y recordando la planta, aún no me atrevo a tomar el teléfono y pedirte ayuda, para que vengas a empacar lo que aún queda de los dos, de nuestro vínculo, nuestro secreto, nuestro amor.
Pero sabes qué, una vieja amiga me obsequió un proyector, ahí puedo reflejar la película (que ya me sé de memoria) de nosotros dos caminando junto al mar y en el gramófono todavía puedo escuchar los residuos de tu risa y de tu andar.
Voy a hacer una anotación, porque acabo de recordar que necesito fósforos, una esponja, unos cubiertos y a ti.
Listo, ahora sí, te estaba diciendo que las cajas están asfixiándome igual que este silencio que aturde y confunde, y yo sigo preguntándome qué he dejado de necesitar, que debo donar, obsequiar, devolver o desechar. ¿Qué hago si todas las cosas en esta casa me recuerdan a ti y yo aún no estoy lista para dejarte ir?
- Mermelada
- Aceite vegetal
- Azúcar
- Café
- Velas
- Pasta
- Arroz
La próxima vez llévatelo todo. La televisión, la estufa, los focos, pero no mi corazón. Por favor, devuélvelo, déjalo en el buzón, mete los trozo en un sobre y lánzalo por las rendijas de la puerta o rompe un vidrio y colócalo en el sillón
- Pegamento
- Agujas
- Vendas
- Ibuprofeno para el dolor
No sé hasta cuándo lograré mudarme por completo, quizá necesite ayuda de mamá o de Lucía, quizá de pronto me gane la melancolía y pase un mes, un año o la vida, la verdad preferiría que hoy tocaras a la puerta e impidieras mi agonía… y la mudanza.
O quizá, te arranque un día.

Comentarios
Publicar un comentario