Carta 3.
Lunes, Junio 15.
Frida:
Hoy que son las 18:48, mientras el viento sopla mis cabellos y miro en el cielo unas aves volar, también te escribo que te quiero. ¿Cuántas veces lo habrás escuchado ya?
¿Qué más podría decirte yo que no sepas ya? Que los días no son días si no escucho tu voz o si no te veo bailar. Te pienso, te pienso y te vuelvo a pensar, y no puedo evitar extrañarte de esta forma tan desgarrante que me pone el mundo a temblar. Pero nada puedo hacer ya si tú no piensas volver, no existen palabras que te hagan regresar, sobre todo porque estoy consciente de que sabes el camino hacia a mí y sé que si quisieras volver, ya estarías aquí.
A penas veo el sol que se oculta tras el horizonte y pienso en nuestros días, en nuestras noches, en todo lo que me hubiera gustado enseñarte y lo que sé que habría aprendido de ti. ¿Alguna vez te dije que admiraba tu silencio? Sí, ese extraño hábito que tenías de quedarte pasmada como si desearas escuchar el latido de tu corazón en medio de una multitud escandalosa. “¡Ay, Frida!”, pensaba yo. ¿Qué te estará diciendo ahora el corazón?
Y luego pienso en los abrazos que existieron pero ahora están extintos, en aquella vez que el sol te golpeaba el rostro y tus ojos lucían incluso más brillosos que la propia luz, en el día del concierto al que no fuimos y en lugar de eso caminamos tomados de las manos de vuelta a casa con los pies fríos. ¿Te acuerdas?
Tú me regalaste un corazón nuevo, pero no sabía que el alquiler sería tan alto, hasta que te fuiste. ¡Y cómo duele, Frida! ¡Cómo duele! Quisiera arrancármelo, esconderlo bajo llave y pudrirme de una vez, pero tú lo sabes, ya te lo dije mil veces antes, nunca fui tan valiente, ¿ya lo ves? No podría soportar sacarte.
Todavía no se oculta el sol, pero hace frío y también calor. ¿Ya olvidaste mi voz? Llámame, Frida, sólo una última vez, cúrame esta herida aunque sea sólo un minuto y después te prometo que enfrentaré tu partida de una vez. Háblame, cuéntame sobre tu día, sobre tu cicatriz en la ceja o tu andar sobre las vías. Háblame, Frida, aunque te quedes en silencio mientras me consume la agonía. Háblame, porque me estoy extinguiendo y solamente tus infiernos podrán encenderme hasta los huesos; no me importa si me quemo o que me dejes sin aliento, al fin y al cabo desde que te fuiste ya me he sentido muerto. Háblame, mi niña, dale cristiana sepultura a este amor inconcluso, entiérralo de una vez, hazme perder la esperanza para que me quede claro que no piensas volver.
Con desesperación,

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