Carta 1.
Martes, Junio 9.
Frida.
Ya sé que estás cansada de que te escriba tantas cartas aunque jamás las leas y de que en todas ellas siempre te diga lo mismo, pero mi corazón últimamente ha comenzado a latir en reversa y hay un suspiro en el pecho que me atormenta, que no consigo sacar desde que no estás, y no me deja respirar.
He decidido escribirte estas cartas y dejar que todo el mundo las vea, porque ya me cansé de esperar a que vengas a leerme, cuando sé con certeza que no quieres hacerlo.
Sé que has decidido arrancarme de tu pecho, que seguramente ahora estás mejor sin mi miedo, sin mi angustia, sin mi silencio, sin mis secretos, sin mí. Y sabes qué, estoy feliz por ti, porque sé que esta decisión que has tomado va a impulsar tu vuelo; aunque debo confesarte que aquí todavía resuena el eco de tu ausencia y las paredes de esta casa me hacen sentir prisionero de un recuerdo, pero aún conservo la esperanza de encontrarte alguna vez en la fila del supermercado, en la biblioteca o en el tren leyendo tu libro favorito mientras vuelves a casa, una casa que no es ésta, una casa que no compartimos.
Querida Frida, sé que lo nuestro inició mal desde que nos conocimos, tú con ese genio fatal y tanta seguridad y yo con esta timidez que no me deja ni caminar. Para ser honesto debo confesar que cuando te vi cruzar la puerta de aquel auditorio, mi corazón reconoció a tu sonrisa y quiso correr desenfrenadamente para abrazar fuerte a su vieja amiga (porque mi corazón y tu sonrisa ya se conocían de otras vidas). Y ahora sólo me queda aceptar que no estás, que aunque te siga guardando el lado derecho de la cama, no vendrás, que aunque te prepare ponche o panquecillos, no volverás.
Pero dime algo, ¿cómo consigo olvidar?, ¿cómo le pido al viento que no susurre tu nombre?, ¿cómo te puedo borrar?
Ay, Frida, mi amuleto para este mal, mi antídoto, mi veneno, mi amor inmenso, te quiero. No sé cómo aceptar que ya no estás.
Te imagino, te recuerdo, te pienso todo el tiempo. Te concibo bailando mientras cocinas, jugando vídeo juegos y comiendo palomitas, durmiendo hasta tarde por un insomnio que no soy yo, escuchando tus canciones favoritas y mirando por la ventana a la gente caminar. Y después de todo esto no puedo evitar desear llamarte para preguntarte cómo estás, si te has cuidado el alma, si no me extrañas, si a ti no te duele el pecho y se te vuelven eternas las horas anhelando volver a vernos; pero entonces pienso en ti, en tu salud emocional y sé que aunque me muera en vida porque no estás, tú has decidido recorrer un camino nuevo del cual yo no soy parte y me ato las manos para no llamarte, porque no quiero lastimarte más de lo que ya he hecho antes.
Mi Fridita, tú siempre has sido libre como un ave y a mí siempre me gustó admirarte, así que te dejo volar. Te prometo que voy a luchar contra mis impulsos para no ir a buscarte, te prometo que guardaré mis sentimientos en el buró y no permitiré que mi agonía y falta de ti me permitan desestabilizarte, porque te quiero, Fridita, y quiero que encuentres la paz que yo no pude darte.
Sí, es cierto, a mí me cuesta mucho olvidar lo nuestro, porque no sé dejarte ir aunque lo intento, pero por eso te escribo estas cartas que sé que no vas a leer, para que alguien más las lea y me quite este peso de encima, así imagino que alguien más en el mundo sufre de este mismo mal y que mi corazón no es el único roto y en estado fatal.
No voy a pedirte que vuelvas, porque sería egoísta, no voy a implorarte que me quieras o que no me olvides, sólo voy a decirte que mientras vivamos bajo este cielo (que siempre fue nuestro) y veamos estas estrellas (que nunca estuvieron tan lejos) voy a esperarte y a adorarte con esta fuerza con que me enseñaste a vivir (aunque vivir no signifique tanto sin ti).
Aquí te respiro,
aquí te sueño,
aquí te espero
y te quiero.
Hasta extinguirme.
Con cariño,

Comentarios
Publicar un comentario