Amuleto.
Conocí a un chico con ojos de miel y labios perlados, el verano vivía en su piel y el sol en sus manos.
Este chico me regaló un corazón nuevo con forma de amuleto, que acostumbro llevar a todos lados, muy muy dentro.
Puedo jurar que veía el amanecer en sus pupilas y la vida se me iba cada vez que sonreía.
Recuerdo la forma de sus cejas y la profundidad de sus heridas; yo estaba muerta, pero cuando él se acercaba, yo sentía que revivía.
Compartimos pocos días del invierno nuevo, yo moría de frío y él me regalaba el cielo.
Era un ángel vestido de negro, lleno de miedos y sueños inmensos.
No creía en el amor, ni en los besos sinceros, pero a mí me enseñó a querer sin remedio.
Ahora pienso en su boca cada vez que camino, imagino que mi rostro toca y me roba suspiros. Cuando miro la Luna lo imagino durmiendo, cuando escucho cómo el viento sopla, lo imagino volviendo.
Fue un amor fugaz, pero eterno, de esos que roban más sueño que besos, de los que se impregnan en tus huesos y te dejan sin aliento, de los que no se olvidan ni aunque estés muriendo.
Así.

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