La despedida.

Me dejó cuando más enamorado estaba yo de su sonrisa. Me arrancó de su vida como si fuera la hoja jaspeada de la tarea de un niño de primaria; se deshizo de mí como se deshace uno de lo inservible, de lo viejo, de lo que ha dejado de querer.
Me dejó parado en medio del olvido, me dio la espalda y fingió que nunca habíamos existido. Floreció con alguien más y en otros sitios, sonreía como si jamás me hubiese conocido, como si lo nuestro para ella no significara nada. Me enterró, me hundió, me esclavizó en el abismo. Y mientras más tiempo pasaba, yo me sentía más perdido. Podía ver cómo el amor de mi vida me abandonaba sin pronunciar una sola palabra, sin hacer un gesto, sin lanzarme aunque fuera un susurro que me dijese que no era cierto, que sólo era un sueño; se colaban entre mis dedos nuestros recuerdos de verano y mi alma se desmoronaba esperando que regresara, que se quedara, que me dijera que podíamos seguir intentando.
Cuando comía, saboreaba sus labios en cada bocado y terminaba llorando, deseando que un huracán se desatara repentinamente sobre nosotros para ver si ella corría buscando protección entre mis brazos, pero jamás me di cuenta que el huracán existía y tenía nombre y apellido, se expandía sobre nuestros cuerpos en forma de un “ya no te quiero”, hasta que nos carcomió. Así que no sucedió, ella no regresó.

Mientras más tiempo pasaba, podía verme ardiendo en el infierno, se extinguieron las promesas que nos hicimos mientras hacíamos el amor bajo las estrellas en invierno, mi cuerpo se degradó hasta volverse casi cenizas, sentía que se derrumbaba todo desde que supe que la perdía. Pero los días seguían corriendo, ni el calendario ni el reloj se detenían; no respiraba, no sonreía, no vivía, y cada vez que caminaba sentía que mi calvario me destruiría. Deambulaba sobre el sendero de un amor penetrante, que se adueñó de mi cuerpo y mi corazón insaciable. Hasta que un Jueves ahogado en lágrimas y ebrio de dolor, la vi desgarrada sufriendo por alguien que no era yo. Quería abrazarla y gritarle fuerte que allí estaba, que se quedara y yo sabría cómo repararla. Y aceptó. Pero después de un tiempo me lastimó, huyó de mí y se abrió de nuevo la cicatriz, se desbarataron los muros de mi trágico amor y me prometí dejarla ir. Pero volvió. Entonces lo supe y ella lo presintió, que nuestro amor había quedado inconcluso, pero está vez era yo quien decidía sanar y decir adiós.


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