Sin azúcar.

Conocí a una mujer oxidada el jueves pasado en el café del barrio. Yo estaba sentado en una mesa cerca de la barra y ella pidió un té, verde, sin azúcar y extremadamente helado. Se sentó sobre un banco y sus pies pequeñitos a penas lograban tocar el suelo. Llevaba el cabello bien enmarañando cayéndole sobre los hombros como dos cascadas incesantes desbordándose en secreto, porque además de tenerlo rizado y alborotado, también era de un color negro intenso. Tenía unas manos preciosas, delgadas y seguramente suaves, y llevaba las uñas pintadas de color cielo azul. Noté que mientras esperaba silenciosamente su taza, colocó la barbilla sobre la barra y dejó que esos párpados cayeran sobre sus ojos. Casi puedo asegurarles que sus pestañas hicieron colapsar dos estrellas al parpadear. Su piel era de un tono precioso, era bellísima porque su ser emanaba simpleza y tranquilidad. Llevaba un bolso colgado en el brazo, y al querer colocarlo sobre su regazo todo lo guardado terminó regado. Entonces supe que era el destino, quizá, que por alguna extraña razón quería unirnos. Así que me acerqué a ayudarle y por un instante nuestras manos chocaron. Tomé unas Polaroid y a penas pude observar un par de rostros masculinos, también levanté sus anillos y el polvo del recuerdo. 
La invité a sentarse conmigo, ella sonrió destellante y algo encendió dentro mío. Después de tres tazas de té verde y cuatro de descafeinado, sabía sólo una cosa a ciencia cierta: que mi corazón terminaría en pedazos. 
Salimos 426 días, después de esa noche y aprendí a quererla como se quiere lo inalcanzable. Me habló de su soledad y su eterno vaivén. Me contó del chico que desmoronó sus ilusiones sin piedad y con desdén, y de los que ella lastimó inevitablemente. 
Esta chica preciosa se columpiaba en los recuerdos, vendía joyas y silencios y lloraba sin remedio. Se trenzaba el cabello para enredar entre él su dolor y de vez en cuando rompía fotografías de su viejo amor. Me enseñó que las heridas no sólo son físicas y que a veces debes marcharte antes de que te hagan trizas. Le lloré todo un río hasta quedar vacío, hasta que mis huesos se hicieron fuertes y dejé de tener frío. 
Esa chica hermosa de sueños rosas con la que planeé compartir mi armario y mis prosas, me arañó los anhelos y pulverizó mis deseos, destruyó todo lo que palpitaba por dentro, me enseñó a amar sus lunares y sus miedos, me mostró cómo hacer el amor sin mentir y en su cuerpo conocí los secretos más profundos que esconde el universo. Me dejó en ruinas sobre su palma, me dejó muerto y sin calma. Esa chica, a la que todos llaman Luna, sabe arder pacientemente hundida en tu alma. 

Olvidé contarles que tenía tres tatuajes: un reloj, un pescado y una pluma. 
El reloj por el hombre que le prometió volver y a quien sigilosamente esperó.
El pescado por el hombre que casi logró reparar su corazón en la orilla de la playa el verano en el que huyó.
La pluma simbolizaba al hombre que le obsequió un amor ligero y sincero, que no valoró.


Escribo esto desde la mesa junto a la barra del café del barrio. La Luna está sentada en el mismo banco, sus pies no tocan el suelo, su cabello está alborotado, sus manos son preciosas todavía y en el brazo izquierdo lleva tatuada una anomalía. Esta vez no derrumbó su bolsa, pero aún así me acerco para decirle una cosa: “Estoy aquí para escuchar la historia, nuestra historia.”


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