Inventario.


Conseguí un nuevo empleo en una tienda de antigüedades, había de todo: lámparas, sombreros, relojes, percheros, fruteros, portarretratos, llaveros, y un muchacho.
Lo que más me gustaba de mi nuevo empleo era el silencio, porque es el lenguaje que mejor hablo. La mayor parte del día sólo escuchaba las agujas del reloj deslizarse de derecha a izquierda sin parar, y de vez en cuando el tintineo de la campanilla sobre el mostrador que me hacía delirar. 
Cuando entraba alguien en aquel lugar le observaba de principio a fin, buscando en sus ojos ese resplandor al encontrar algo que ni siquiera sabían que podían necesitar. 

Las tiendas de antigüedades son uno de mis lugares favoritos, porque están llenas de recuerdos que puedes embolsar para alguien más, no te pertenecen, no te los puedes quedar, son como avecillas que tarde o temprano aprenden a volar. Todos los objetos dentro de una tienda de antigüedades tienen un trozo del alma de su dueño anterior impregnada en sus adentros, y cuando su ciclo de vida junto a esa persona ha llegado a su fin, se marchan, intentando descubrir un nuevo sitio al cual huir. Y yo soy así.

La segunda mejor cosa de mi nuevo empleo eran un par de ojos color café, cargados de sueños atrofiados y de promesas pulverizadas. Esa mirada furtiva le pertenecía a un chico de veintidós, que a diario tarareaba una diferente canción. Yo sólo lo observaba, porque no podía hacer más, era bastante tímida para acercarme y hablar. Lo veía limpiar el polvo de los estantes con dulzura, serpentear sus dedos entre las siluetas de las esculturas y robarles el aliento a las figuras encarceladas dentro de las pinturas. De vez en cuando lo descubría recostado sobre el sofá color salmón leyendo un tomo de poesía o admirando alguna colección de viejas revistas. Me gustaba mirarlo mientras no me veía, porque así era como más lo entendía, conocía los gestos de su rostro a la perfección, que lloraba por las noches por un raquítico amor, que le preocupaba no poder ser mejor, que tenía miedo de fracasar, de quedarse solo y de no encontrar la salvación. 

Fue un martes de esos tramposos, cuando por primera vez a mí se acercó, llevaba el cabello enmarañado y un nudo en el alma sin protección. No voy a contarles de todo lo que me habló, sólo les diré que me hurtó el corazón. A partir de ese día se dedicó a saquearme los sentimientos, me robó un cúmulo de besos, me acarició sin compasión, y yo caí irrefutablemente en las garras de su afición.

Hicimos el amor siete veces bajo la luz del sol, lo dejé husmear en los cajones de mi buró, le escribí un trillón de notas declarándome esclava de su piel, me arrodillé ante él, le arrojé mis miedos y mis sueños, desnudé mi cuerpo entero y también mis más grandes anhelos, pedí un centenar de deseos que se resumían en poder enredar mis piernas con su pecho, le besé las pecas y pequé con él, sometí mis labios entre su ternura, intercambié mis huesos por un pedazo de locura, doblegué mi guardia, rompí mis reglas, pisoteé mis ambiciones, humillé mis fantasías; renuncié a mi libertad para verle volar junto a mí, y le amé incansable e incontrolablemente, sin dudar de su sentir.

Un día de lluvia, presagiando nuestro final, desabrigué mi piel para sus fantasmas y sus ojos observaron mi carne como quien contempla la nada; no había ilusión en su mirada, la indiferencia se apoderó de la habitación y sin apagar la luz me di cuenta de que la ilusión de estar con él, de pronto, se esfumó.

Él dejó de ver en mí lo que nos unía, dejó de decirme “te quiero” a las doce del mediodía, ya no leía poesía para mí, ni siquiera me sonreía y en su hora del almuerzo se escabullía por las rendijas de la apatía. Descubrí algún innombrable día que las cosas con su añejo amor de pronto habían tomado un rumbo mejor. Y yo no podía competir contra eso, con sus ojos perpetuos y su sonrisa impetuosa. Ella tenía su corazón y a mí me quedaban las ruinas de algo que nunca comenzó.

Hoy por la mañana hicimos inventario en mi, ya no tan nuevo empleo, estaba todo: lámparas, sombreros, relojes, percheros, fruteros, portarretratos, llaveros, pero nos faltaba un muchacho. El muchacho de pestañas indelebles que me había arrebatado las ganas, la fuerza, la esperanza y el alma entera. El muchacho de risa inolvidable al que jamás podré decirle adiós.

Les voy a dar un consejo sin intención, si quieren salvar a alguien de la perdición, asegúrense de que ese alguien quiere dejar atrás a aquello que le causa tanto dolor, si no es así, den la vuelta y huyan de allí. O arriésguense, como yo, aunque al final les rompan el corazón.


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