Nombres propios.
El que tenía los ojos color sol y la piel de durazno
el que albergaba la esperanza en cada una de sus manos
el que soñaba en grande y escribía poesía
a escondidas
el que jugaba a cantarle a la luna diez mil melodías
el que se iba al medio día
y volvía
cada marzo sin control
que tocaba las campanas del adiós
el que se despedía
sin decir hasta nunca porque
no se iba
no se quedaba
el que enamoraba a las estrellas con la serifia de su voz
el sol Manuel que iluminaba mi oscuridad pero no me sabía amar
el que jamás se irá el que jamás volverá
el que no le pertenece a nadie más que a la puesta de sol
el que tiene cien lunares y una inconmensurable pasión
el que no sabe amar a quien no dejas de amar
el que se extraña
pero no quieres volver a
mirar.
El de la espalda de galaxia que me escondía los miedos
el que bailaba en la pista de hielo y se fumaba
dos mil
cigarrillos de ensueño
el que manejaba un auto escarlata dos mil dos
el de nombre Mario indeleble e impenetrable
obsesión
el que me acariciaba el rostro con su melancolía y
me servía dos copas de su partida
el que escribió una carta en el mes de mayo
para proclamarse libre y volar lejos de mi lado
el que sonreía pasionalmente con sus labios delgados y su altura eminente
el que amaba a una mujer ave
que se perdía en el horizonte grave
que llevo grabado en el corazón
porque jamás supe entender su razón
para no quedarse un ratito más otro veinticuatro
de paz y no pude decir adiós
porque
cómo iba a asimilar su partida
si
jamás
pudo estar.
El de los versos del alma
el cuenta pestañas
el mira cielos
el de corazón inmenso
el hombre que me proclamó lluvia y me volvió sueño
el que se quedó sin miedo
el que le dio todo al infierno de la ausencia
el que entregó su alma con entereza
el que inventó los doce de octubres fríos y sombríos
el que en sus manos desvaneció el olvido que no sube a trenes de recuerdos
que se pierde en el cielo incierto
el
que toma la mano con fuerza y tiene un puñado de tristezas
el que deja la jaula abierta y riega las flores del jardín
cereza de flores marchitas
que no crecen
el que no te pide que no sientas el que te impulsa en la montaña
el que se arroja con fuerza Alex el escribe cartas
el poeta incompleto
que en abril se vuelve más
completo
de días color rosa en que me pierdo
de libros no leídos que lo esconden
de amores verdaderos que transforman de infinidad de sueños que
absorben
el que se queda
aunque tú te vayas
el que ama a pesar de las olas en la arena de las
filas en el supermercado de las
faltas de ortografía y los niños asustados
el que te quiere sin condiciones ni pecados ni recados
ni pasados desventurados
el que te besa los labios
para tatuarte en el alma
su alma
su alma
su alma.
El que te envuelve entre sus brazos y no es fan de los adioses
el que te lleva sobre el hombro
hombre de ecos y fugaces sombras
el que te obsequia rosas tus cumpleaños
y con sus manos tibias te congela las pupilas
el que te canta para que duermas
el que deshace las pesadillas que te atormentan
el que baila sobre las nubes Joel el que te sube al sol con suspiros
el que te cuenta sobre sus domingos
el que te da la mano cuando temes y te arroja al vacío cuando
eres fuerte
el que te acompaña en tus viajes los atardeceres
el fan de las diez de la mañana
el que huele a recuerdos y futuros
el que no dice nada
y llora
a veces llora
cuando el corazón se le corta en pedacitos y las venas le recorren
los ojitos
el que se quedó en días contados
el que ardió en las llamas
de un amor
de verano.
El chico de cabellos rizados que vio una lluvia de estrellas a
los cinco años
el de la voz seráfica que canta pasados
el que te acompaña en los anocheceres acabados Armando
el que pinta sobre tu piel galaxias enteras
y con barnices de miel ilumina tu tristeza
el que te mata suavemente cuando sube al escenario el que
toca la guitarra con un placer inconcebible
el que recorre con sus manos la armonía de tu cuerpo
el que mira el cielo
con la
esperanza del
reencuentro
el que pisa el césped tarareando y consume el otoño con sus
versos dorados el taciturno que no
se marchita el interprete de la vida que no imaginas
el chico de la mente de océano el pasional y fugaz humano
el que en primavera te toma la mano y
en invierno parece
que nunca ha estado.
No se atrevan a pedirme explicaciones
no me gustan los otoños con lluvia y adioses
quiero irme
porque no sé cómo quedarme
no se mueran de mis recuerdos no se alejen de mis momentos
no los olvido ni lo haré
los llevo impregnados en la piel
en el corazón que los lleva guardados
y en las poesías que jamás llegan a sus manos
no me olviden o mejor sí
y aléjense de aquí
antes de que las luciérnagas apaguen su luz y los arco iris se
extingan jamás
no tengas miedo de morir
la poesía
no te dejará ir
no te olvidará.
¿O sí?
el que albergaba la esperanza en cada una de sus manos
el que soñaba en grande y escribía poesía
a escondidas
el que jugaba a cantarle a la luna diez mil melodías
el que se iba al medio día
y volvía
cada marzo sin control
que tocaba las campanas del adiós
el que se despedía
sin decir hasta nunca porque
no se iba
no se quedaba
el que enamoraba a las estrellas con la serifia de su voz
el sol Manuel que iluminaba mi oscuridad pero no me sabía amar
el que jamás se irá el que jamás volverá
el que no le pertenece a nadie más que a la puesta de sol
el que tiene cien lunares y una inconmensurable pasión
el que no sabe amar a quien no dejas de amar
el que se extraña
pero no quieres volver a
mirar.
El de la espalda de galaxia que me escondía los miedos
el que bailaba en la pista de hielo y se fumaba
dos mil
cigarrillos de ensueño
el que manejaba un auto escarlata dos mil dos
el de nombre Mario indeleble e impenetrable
obsesión
el que me acariciaba el rostro con su melancolía y
me servía dos copas de su partida
el que escribió una carta en el mes de mayo
para proclamarse libre y volar lejos de mi lado
el que sonreía pasionalmente con sus labios delgados y su altura eminente
el que amaba a una mujer ave
que se perdía en el horizonte grave
que llevo grabado en el corazón
porque jamás supe entender su razón
para no quedarse un ratito más otro veinticuatro
de paz y no pude decir adiós
porque
cómo iba a asimilar su partida
si
jamás
pudo estar.
El de los versos del alma
el cuenta pestañas
el mira cielos
el de corazón inmenso
el hombre que me proclamó lluvia y me volvió sueño
el que se quedó sin miedo
el que le dio todo al infierno de la ausencia
el que entregó su alma con entereza
el que inventó los doce de octubres fríos y sombríos
el que en sus manos desvaneció el olvido que no sube a trenes de recuerdos
que se pierde en el cielo incierto
el
que toma la mano con fuerza y tiene un puñado de tristezas
el que deja la jaula abierta y riega las flores del jardín
cereza de flores marchitas
que no crecen
el que no te pide que no sientas el que te impulsa en la montaña
el que se arroja con fuerza Alex el escribe cartas
el poeta incompleto
que en abril se vuelve más
completo
de días color rosa en que me pierdo
de libros no leídos que lo esconden
de amores verdaderos que transforman de infinidad de sueños que
absorben
el que se queda
aunque tú te vayas
el que ama a pesar de las olas en la arena de las
filas en el supermercado de las
faltas de ortografía y los niños asustados
el que te quiere sin condiciones ni pecados ni recados
ni pasados desventurados
el que te besa los labios
para tatuarte en el alma
su alma
su alma
su alma.
El que te envuelve entre sus brazos y no es fan de los adioses
el que te lleva sobre el hombro
hombre de ecos y fugaces sombras
el que te obsequia rosas tus cumpleaños
y con sus manos tibias te congela las pupilas
el que te canta para que duermas
el que deshace las pesadillas que te atormentan
el que baila sobre las nubes Joel el que te sube al sol con suspiros
el que te cuenta sobre sus domingos
el que te da la mano cuando temes y te arroja al vacío cuando
eres fuerte
el que te acompaña en tus viajes los atardeceres
el fan de las diez de la mañana
el que huele a recuerdos y futuros
el que no dice nada
y llora
a veces llora
cuando el corazón se le corta en pedacitos y las venas le recorren
los ojitos
el que se quedó en días contados
el que ardió en las llamas
de un amor
de verano.
El chico de cabellos rizados que vio una lluvia de estrellas a
los cinco años
el de la voz seráfica que canta pasados
el que te acompaña en los anocheceres acabados Armando
el que pinta sobre tu piel galaxias enteras
y con barnices de miel ilumina tu tristeza
el que te mata suavemente cuando sube al escenario el que
toca la guitarra con un placer inconcebible
el que recorre con sus manos la armonía de tu cuerpo
el que mira el cielo
con la
esperanza del
reencuentro
el que pisa el césped tarareando y consume el otoño con sus
versos dorados el taciturno que no
se marchita el interprete de la vida que no imaginas
el chico de la mente de océano el pasional y fugaz humano
el que en primavera te toma la mano y
en invierno parece
que nunca ha estado.
No se atrevan a pedirme explicaciones
no me gustan los otoños con lluvia y adioses
quiero irme
porque no sé cómo quedarme
no se mueran de mis recuerdos no se alejen de mis momentos
no los olvido ni lo haré
los llevo impregnados en la piel
en el corazón que los lleva guardados
y en las poesías que jamás llegan a sus manos
no me olviden o mejor sí
y aléjense de aquí
antes de que las luciérnagas apaguen su luz y los arco iris se
extingan jamás
no tengas miedo de morir
la poesía
no te dejará ir
no te olvidará.
¿O sí?

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