Un poema sin ti.

Tengo un frasco de mermelada sin mermelada; tengo un cielo estrellado sin estrellas, un libro de poesía sin poemas y un corazón con ausencia de ti. Tengo ganas de llorar en las mañanas y de plantar flores en las campanas; tengo un miedo insuperable a bailar, y unas manos frías que no te dejan de buscar.

Y mientras la Luna se mete por la ventana, apago las luces para ocultar tu falta bajo las sabanas, desde que te fuiste le temo a las madrugadas y a los insomnios eternos de ti.

Algunas veces salgo descalza al jardín, imagino que estás junto a mí; que me llenas el rostro con tus besos y que tu cabello se vuelve nuestro secreto eterno.

Enciendo la radio a la misma hora cada día, y por más que intento encontrar la calma, no me dejan las manecillas, el tic tac resuena en cada esquina y a las doce del medio día aparecen tus melodías. 

Después voy a la cocina, reviso toda la estantería, no encuentro platos, vasos o cucharitas, lo único que me queda es una barra de mantequilla. La mantequilla de nuestros corazones palpitantes, la mantequilla de nuestros adioses fugaces.

En la bañera hallo mi reflejo desnudo, y el agua se desliza con temor taciturno. No me quedan anocheceres, ni cuerpos tuyos, me queda un pedazo de piel y un millón de recuerdos del "me iré".

Bajo la cama ya no hay monstruos y en el armario no hay vampiros, dejo la ventana abierta para ver si regresas con mis suspiros y en el cajón del buró los huesos molidos de nuestro amor consumido.

Afuera de la casa, sobre el césped de tu partida, hay un centenar de amaneceres que se quedaron en comienzos, en promesas incumplidas, en cancioncillas podridas.

Ya no te tengo, pero tú sí me tienes, y estoy esperando que des la vuelta, que regreses, 
porque dejaste bajo mi techo tu frasco de mermelada
y tu libro de poemas,
y a mí,
sin ti...



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