Bailarina de luna.

Con el conejo color gris en la punta de la nariz y el cabello dorado cayéndole sutil. Con sus inviernos bajo las pestañas y sus misterios de las mañanas, con su pasión desenfrenada y sus perennes madrugadas. Así, estaba, la doncella de las suturas en los pies y las heridas del corazón; la que bailaba para olvidar lo que algún día le pasó, la que amaba independiente las enigmáticas almas, la que florece en el oasis y se enamora de la calma. La niña que lleva tatuada en la piel la bóveda celeste y con sus alas alcanza la fortaleza que le pertenece. La que porta un vestido carmín que le llega hasta la raíz, la efímera incógnita que nadie logra descubrir. La chica indesnudable, que te estremece al sonreír, la pieza del rompecabezas que siempre logra resurgir. La que nace en las profundidades del mar en forma de viento, la que esconde sus versos bajo el cielo incierto; la cuenta estrellas nocturna, la que tiene clavados los recuerdos en el pecho. La bailarina inmortal que se sube a la Luna a danzar, la estrella fugaz que pide lo inconmensurable; la de los huesos inquebrantables, la libre e inocente ave. La mujer de interminables besos, la que tiene un alma inexplicable, tan gigante como sus sueños. La que no mira el reloj y no regresa al pasado, la que brota en los rosales del edén de su madre y palpita en cualquier parte. 
A la doncella bella a quien le escribo este poema perpetuo, en donde la inmortalizo y la convierto en viento. A la que le digo que los corazones rotos los conservamos nosotros, que las heridas se fortalecen a cada paso. A quien le pido que no olvide las sonrisas que la adornaron, que siga amando, que aprenda del pasado; porque será recordada como indeleble, la niña que los caballeros llevarán grabada para siempre. La que podría conquistar el orbe, la que estremece los corazones. La irrompible y perpetua flor, la que se sabe humana y se entrega al amor.

Sofí, la constante trova, la incesante estrofa.

Vuela libre y entrega tu alma, ama a cada persona que por tu vida pasa. Llora cuando tus estrellas te lo demanden, quizá también cuando caigas, pero no te consumas bajo la lluvia. Vuélvete viento y sé espontánea; grita, canta y sana. No te aferres a un corazón con amnesia, corre osada y resucita cada mañana...

Sofi, ¡baila!  


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