El adiós sempiterno.

Efímera noche que esconde secretos etéreos dentro del buró, en donde también oculto los condones sobrantes de nuestra última noche como amantes fugaces que no duró más que un estornudo ambulante recorriendo los pulmones del amanecer. 
Taciturna soledad de Julio con un libro tuyo sobre la mano izquierda y la derecha dentro del pijama que me llega hasta las caderas que dejaste huérfanas aquella noche menguante en que te apartaste para siempre de ellas. 
Silente oscuridad que atrapa los días del calendario que se quedaron sin planes y sexo lascivo dentro del armario que nos guardó la eterna interrogante del "siempre juntos", que no nos duró ni un instante.
Ausentes tus manos sobre mis pechos libres de sostén, que resguardan la incognita del ayer, y mientras miro tu foto todavía flamante sobre el estante, resguardo entre mis piernas la esperanza del "volveré".
Adioses infernales dentro de la luna que se quedó sin conejos y sirenas desde tu partida; y perlas esparcidas sobre la avenida, siguiendo los carriles que dejaste tatuados sobre la piel que te perteneció durante alboreceres duraznos con olor a pasado que nunca fue superado, al que jamás le dijiste adiós.
Cielos atolondrados que quedaron grabados en tus ojos estelares con cruces a nuevos mundos llenos de cigarrillos cuyo humo no se esfuma y mujeres que ofrecen placer a caballeros sin don para enloquecer con una doncella que lleva el infierno enterrado en el lado izquierdo del pecho, sin maquillaje, ni uñas desgarrantes que se hunden en tu piel y despedazan con desdén tus pasiones en la esquina de una habitación de cualquier hotel.
Flores marchitas a las dos de la madrugada, cuando todo parece inerte y el viento te promete la culminación de tus más sucios deseos sobre el pecho de una dama con fina joyería y un par de desvelos que te revolverán la vida y te dejarán con ganas de venirte todos los días entre sus labios eternos. 
Poemas sin rima ni corazón, que te extasiarán la boca de la esencia de la ropa que te quitas con premura cuando tus suspiros se convierten en gemidos y no en dudas, y el universo conspira para que te sientas mal herido sobre la cuna de un prohibido eterno amorío que te deja sin respiro.
Mordaces adioses que invaden el jardín y palidecen los tulipanes, las rosas, los lirios y los instantes que tanto cuidamos aquel Abril. 
Ombligos perennes que transportan tus deleites a la lista del supermercado pegada a la puerta del refrigerador con un imán de estrellas que no pueden llenar los estómagos de lepidópteras inquietas que revoloteen al compas de una interminable ilusión.
Pesarosas cartas sin garantía, escritas en los recibos de un amor que caducó por falta de limerencia y reacciones secundarias del alcohol.
Heladas manos que recorren con precaución los huecos adornados por huesos blandos que incitan a la perdición de una boca que se encuentra deseosa de lamer recuerdos almacenados en los senos de los pétalos ardientes de un cariño pendiente y una canción atroz. 
Memorias entristecidas de tu partida aquel Martes cuando me entregaste tu poesía, tus miedos, tu osadía, tus pesadillas, tus malas palabras y tu agonía, porque ya no me querías como el primer día.
Y esa noche triste (que cómo no iba a serlo), cuando te fuiste, acompañada del eco de tu mirada, mis ojos presenciaron la partida del amor de mi vida y no pude detenerlo.
Cerré la puerta, apagué la luz, me tiré en el suelo, pero nunca dije adiós.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

La mudanza.

A la Luna.

La última vez.