Deuda.
En mi corazón habita todavía un amor, no paga renta, ni cable, mucho menos luz. Tiene el cabello castaño y los ojos sabor chocolate, algunos lunares adornan sus pieles, sus labios pasteles son rosas crueles, y el alma la tiene transparente. Toma vino tinto cada vez que puede, es malo deshaciéndose de los corchos y las tristezas; tiene treinta cicatrices y dos mil años, nació con el Sol y se esfuma con la salida de la Luna. No tiene nombre, pero sí una adicción, le gustan las niñas con olor a pasión; escucha música triste cuando está feliz, y la locura lo invade cuando amanece sin sonreír. Se mira al espejo para acomodarse el cabello, maneja un auto color amarillo, y en las noches de locura escapa en su motocicleta hasta la consumación. Tiene las cejas doradas y en sus pestañas habita el invierno, no le gustan las charlas largas, aprecia el silencio.
En mi corazón habita todavía un amor, él escribe poesía en la eterna madrugada, se desvela sobre cuerpos en diferentes camas; nadie le ha dicho que no sabe hacer el amor, pero siempre deja la habitación llena de pura obsesión. Hace magia con la tinta y te clava las uñas en la punta del cielo, te deja libre en tu vuelo, porque el jamás se ata a tu desvelo. No le gusta quedarse, porque desordena los estantes, te mira con cara de perdón y no puedes evitar clavarte en sus huesos por "última ocasión".
Hace días no me deja dormir, se aferra a mi cuerpo con su delirio y mira el reloj para que no lo deje el tren sin un destino. Es un ave sin hogar, un gato que no sabe ronronear, se siente vacío porque las prostitutas no lo entienden, pero no sabe querer a las mujeres. Cuando se queda dormido sobre mi regazo, le acaricio la piel con pulcritud, arroja suspiros con lentitud y pronuncia otro nombre melifluosamente; y yo, me pongo a llorar, porque a veces viene, pero jamás se va. Lo llevo sepultado en el corazón y mis lágrimas le llevan claveles a las puertas de su edén, me quiere enloquecer.
Este hombre trae la primavera, siembra flores en las caderas, le gusta desayunar jugo de naranja y sonreírle a las quinceañeras. Vive a la orilla del mar y enciende fogatas para no olvidar. Nunca me ha dicho te quiero, pero no puede dejar de observar cada noche conmigo a las estrellas colapsar. Las discusiones no nos duran más de nueve meses, porque siempre termino olvidando que me pidió no buscarlo. Y así es como cada Enero toco a su puerta, él sólo gira la perilla y me besa con malicia. Siempre me acaricia las heridas, pero no deja que sanen, porque les hunde las memorias hasta los cimientos. Me tiene de rodillas.
Hoy fui a buscarle, me abrió la puerta un viejo amor; esta vez sus ojos estaban ciegos y ni siquiera me prestó atención. Así que me voy, pero volveré, porque me debe una copa de vino, la renta del corazón, el cable, la luz y una noche de pasión
Búscame, te compré flores.

Comentarios
Publicar un comentario