Un viejo amor.

Te voy a contar la historia de un viejo amor que marchitó cuando cumplí los diecisiete-, me dijo.

Todavía no olvido el color de sus ojos, bellas reliquias doradas crecientes en el medio de su cara. Siempre brillando ante la adversidad y guiándote a casa al compás de un te quiero que jamás salía de sus labios.
Recuerdo su voz tan escandalosa, que se metía a mis oídos con frenesí y me hacía el amor bajo la luz de la luna, hasta hacer gemir a mi corazón, no sé si de dolor o pasión. 
Todavía no puedo olvidar aquella vez que metió sus manos bajo mi blusa y me tocó el alma, casi arrancándome el suspiro endeble que mantenía encendida mi memoria. 
Llevo en la mente la imagen de sus ojos cerrados mientras lamía con delicadeza su corazón y la excitación se apoderaba de sus huesos, escuché sus gritos suplicando "para", pero mi ser voraz no podía detenerse. 

Te voy a contar la historia de un viejo amor que llevo tatuado en el alma, la mente, el corazón y la piel.-, me dijo.

Sus besos eran incomparables, pero nada podría superar sus dedos apoderándose del bolígrafo y el papel mientras me escribía entre la penumbra. Mis entrañas se aceleraban y decían "tic toc", porque tenía el tiempo bien metido en el pecho. ¿Sabes lo que hacía él por mí? Me llevaba despacito a un orgasmo infinito mientras leía su taciturna poesía. Y me daba la mano, mientras sostenía mi pierna en el sofá. Mirábamos las estrellas y pedíamos deseos imposibles, éramos tan fugaces que noche a noche teníamos sexo en el cielo, sin límites. El sexo oral era increíble, su lengua llegaba a las profundidades del hado, y en tan sólo un segundo estaba en el Olimpo, siempre elegía el camino de vuelta a casa, por él. Porque las flores inmarcesibles color violeta de aquel otro sendero no satisfacían las páginas en blanco de mi libro de poemas. 

Te voy a contar la historia de un viejo amor que me enseñó a volar en el infierno y me pisoteó el corazón,-me dijo.

A las diez de la mañana me masturbaba los recuerdos sin falta, la fruición era tan incalculable que bramaba fanática. Disgregaba mis dos piernas y con la punta de los dedos indagaba la grandeza. En su compañía podía ver las galaxias y contar todos y cada uno de los meteoros que pasaban sobre Mercurio. A las doce con diecinueve me leía un cuento corto, siempre llenos de magia, tan perennes e inconmensurables. Y a las dos con cuarenta y tres me traía la cena aunque todavía no se ocultara el sol. En la radio ponía siempre la misma canción y me cantaba con aquella voz tan desafinada las melodías de nuestro interminable amor. Pocas veces me sentía anhelante, tenía el universo en la entre pierna y en el corazón. 

Te voy a contar la historia de un viejo amor que me cogía en el asiento trasero del auto escarlata 2002, mientras me susurraba al oído: "no te vayas"-, me dijo.

Cuando la tormenta se desataba en el jardín, me servía una taza de vino añejo, porque las copas siempre terminaban en ruinas y los pedazos de cristal enterrados en mis talones pusilánimes. Las sabanas guardaban la calidez de su cuerpo y el frío jamás penetraba mis latidos. Cuando mirábamos la luna abrazados, con los cuerpos desnudos y las bocas hambrientas, nos comíamos enteros hasta dejar migajas en todas partes. Mis pechos eran su sitio favorito, escribía rimas al rededor de ellos y se hospedaba en los cimientos. Imperecedera e incansablemente, exploraba cada centímetro de mi cuerpo, como un marino desesperado, intentando encontrar Tierra en un inmenso océano. Cogíamos todos los Martes en el asiento trasero de su auto escarlata 2002 la basura y sacudíamos muy bien el polvo, todo vibraba y las dimensiones se alteraban. De pronto el crepúsculo aparecía, y decíamos adiós con las ventanas hasta arriba.

Te voy a contar la historia de un viejo amor que se marchó mientras dormía-, me dijo.

Cuando lo busqué bajo el alba, no estaba. Zarandeé los cajones, puse de cabeza la casa, husmé bajo las piedras, pero jamás lo hallé. Si lo ves dale este mensaje:

"Querido amante fugaz:
Echo de menos tus notas pegadas en el refrigerador
recordándome que debía regar las flores del jardín.
Extraño tu lengua lamiendo el fondo del orbe 
y tu silencio repentino a las doce.
No puedo vivir sin tu lírica lúgubre.
Mis pezones necesitan tu impulsivo amor.
No quiero continuar sin tu sésamo abierto de par en par,
guardabas tantos secretos, me hacías soñar.
Si algún día lees esta nota, hay condones en el buró 
y algunas copas en la alacena.  
También compré otro bolígrafo, y un ave,
por si se te olvidó cómo volar.
Mi cuerpo se está marchitando, 
pero mi corazón sigue palpitando.
Ven, seremos.
Regresa, volemos.
Con cariño,
La prostituta de la calle 9 de quien te enamoraste perdidamente el otoño pasado."

Te voy a contar la historia de un viejo amor que no es tan viejo, pero si fue amor-, me dijo.
Y se fue.


              

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