Tres Marzos perennes.
Emergí del universo sobre una estrella fugaz aquel Marzo receloso. Ojos color marrón, esencia turbulenta, cabellos enredados y pensamientos muy complicados.
La gravedad me hizo caer de pronto en aquel veinte del mismo mes, en los brazos de un chico con los ojos color miel. Su estancia en mi vida fue desastrosa; misterio, locura y tres tazas de café. Me tomaba de las manos y girábamos al compás de un triste y raquítico amor que nunca fue. Me leyó varios poemas bajo la puesta de sol y al oído me susurró "tu voz es el sonido que siempre quiero recordar". Solía ser taciturno, como la puesta de sol, su mente evocaba tanto que todo parecía subliminal. Su rostro tenía la apariencia de mil estrellas en el cielo azul, y el sonido de su voz era un cúmulo de melodías seráficas. Era un ser inagotable, cada momento que pasamos juntos lo llevo grabado en la memoria, aún tengo tatuajes de sus besos en los labios y los versos que me escribió no podrán nunca ser borrados. Mi mente y mi corazón anhelaron su regreso dos primaveras más, pero aquel joven indescifrable jamás quiso regresar. Tan sólo me dejó una lección: "sé feliz y una persona muy reflexiva, ese es el secreto."
Yo me quedé con "Los Amorosos", un par de poemas, cien mil recuerdos y un Septiembre con un último beso. Él se quedó con un trozo de mí y las cenizas de un amor verdadero.
Después de tres Marzos en medio de la nada, vi una estrella caer del cielo, estaba deshecha, rota, triste, casi sin vida. Tenía una sonrisa hermosa y cuando me miró lo supe, era esa la pieza que me faltaba. "Como cuando nuestras miradas se cruzaron y el tiempo no supo si seguir avanzando o colapsar". Lo recogí del suelo, cada pedazo, cada ceniza, lo llevé a alguna parte y le recité una copla de amor. Me enamoré de una sonrisa y de las lágrimas de aquella estrella, porque aunque no lo crean, las estrellas eternas también se rompen y se recrean, también sueñan y lloran, y cuando sonríen, ¡cuidado!
Salimos algunos meses juntos, me tomó entre sus brazos con tanta fuerza, que todos mis pedazos se unieron de nuevo. Mis sentimientos hacía él eran puros e infinitos y quería pasar cada minuto rodeada de él. Su perfume siempre me mantuvo atada, hacía crecer mil flores en los lugares en donde parecía que jamás existiría nada. Mi corazón vibraba cada que él se acercaba, y mis piernas y brazos oscilaban cuando me tocaba. No escribía ni leía, él fumaba ilusiones y me cantaba cuando estábamos inmersos en la oscuridad. Sus besos me hacían viajar a otras dimensiones, me hacía creer en lo imposible y sentía que podía volar. Sólo me escribió una vez, en esa carta me dijo todo lo que hacía a sus labios arder. Después de darme tanta esperanza, me llevó a la cima del cielo, en donde con sus letras hizo a mi alma perder. Me corté las alas aquel Mayo cinco y me dejé vencer. El descenso parecía ser eterno y cuando por fin toqué el suelo todo se desvaneció.
Yo me quedé con el recuerdo de un amor que jamás fue y con la última fotografía de su preciosa sonrisa que mis ojos tomaron aquel atardecer. Él se quedó con mis lágrimas, con un pedazo de mi alma y el olvido. Pero sin mí.
Otro Marzo pasó, y recostada en la acera, alguien me encontró. Al principio fui invisible, como pretendía, pero después de varios días por fin se acercó. Me aupó con sus brazos, su piel era cálida, la mía era glacial, cuando se percató de ello, me abrazó y me brindó un poco de su calor. No le gusta mucho el Sol, a veces huye de él. Es locuaz, atrevido y muy seguro; su andar es audaz y su voz singular. La historia a penas comienza, espero que el universo conspire a nuestro favor.
Tres Marzos perennes, muchas ilusiones y mágicas situaciones. Siempre sorprendente, nunca igual. Diecisiete fríos inviernos y dieciséis coloridas primaveras. Sueños tenues y ningún olvido. Nuevos comienzos y pocos finales.

La gravedad me hizo caer de pronto en aquel veinte del mismo mes, en los brazos de un chico con los ojos color miel. Su estancia en mi vida fue desastrosa; misterio, locura y tres tazas de café. Me tomaba de las manos y girábamos al compás de un triste y raquítico amor que nunca fue. Me leyó varios poemas bajo la puesta de sol y al oído me susurró "tu voz es el sonido que siempre quiero recordar". Solía ser taciturno, como la puesta de sol, su mente evocaba tanto que todo parecía subliminal. Su rostro tenía la apariencia de mil estrellas en el cielo azul, y el sonido de su voz era un cúmulo de melodías seráficas. Era un ser inagotable, cada momento que pasamos juntos lo llevo grabado en la memoria, aún tengo tatuajes de sus besos en los labios y los versos que me escribió no podrán nunca ser borrados. Mi mente y mi corazón anhelaron su regreso dos primaveras más, pero aquel joven indescifrable jamás quiso regresar. Tan sólo me dejó una lección: "sé feliz y una persona muy reflexiva, ese es el secreto."
Yo me quedé con "Los Amorosos", un par de poemas, cien mil recuerdos y un Septiembre con un último beso. Él se quedó con un trozo de mí y las cenizas de un amor verdadero.
Después de tres Marzos en medio de la nada, vi una estrella caer del cielo, estaba deshecha, rota, triste, casi sin vida. Tenía una sonrisa hermosa y cuando me miró lo supe, era esa la pieza que me faltaba. "Como cuando nuestras miradas se cruzaron y el tiempo no supo si seguir avanzando o colapsar". Lo recogí del suelo, cada pedazo, cada ceniza, lo llevé a alguna parte y le recité una copla de amor. Me enamoré de una sonrisa y de las lágrimas de aquella estrella, porque aunque no lo crean, las estrellas eternas también se rompen y se recrean, también sueñan y lloran, y cuando sonríen, ¡cuidado!
Salimos algunos meses juntos, me tomó entre sus brazos con tanta fuerza, que todos mis pedazos se unieron de nuevo. Mis sentimientos hacía él eran puros e infinitos y quería pasar cada minuto rodeada de él. Su perfume siempre me mantuvo atada, hacía crecer mil flores en los lugares en donde parecía que jamás existiría nada. Mi corazón vibraba cada que él se acercaba, y mis piernas y brazos oscilaban cuando me tocaba. No escribía ni leía, él fumaba ilusiones y me cantaba cuando estábamos inmersos en la oscuridad. Sus besos me hacían viajar a otras dimensiones, me hacía creer en lo imposible y sentía que podía volar. Sólo me escribió una vez, en esa carta me dijo todo lo que hacía a sus labios arder. Después de darme tanta esperanza, me llevó a la cima del cielo, en donde con sus letras hizo a mi alma perder. Me corté las alas aquel Mayo cinco y me dejé vencer. El descenso parecía ser eterno y cuando por fin toqué el suelo todo se desvaneció.
Yo me quedé con el recuerdo de un amor que jamás fue y con la última fotografía de su preciosa sonrisa que mis ojos tomaron aquel atardecer. Él se quedó con mis lágrimas, con un pedazo de mi alma y el olvido. Pero sin mí.
Otro Marzo pasó, y recostada en la acera, alguien me encontró. Al principio fui invisible, como pretendía, pero después de varios días por fin se acercó. Me aupó con sus brazos, su piel era cálida, la mía era glacial, cuando se percató de ello, me abrazó y me brindó un poco de su calor. No le gusta mucho el Sol, a veces huye de él. Es locuaz, atrevido y muy seguro; su andar es audaz y su voz singular. La historia a penas comienza, espero que el universo conspire a nuestro favor.
Tres Marzos perennes, muchas ilusiones y mágicas situaciones. Siempre sorprendente, nunca igual. Diecisiete fríos inviernos y dieciséis coloridas primaveras. Sueños tenues y ningún olvido. Nuevos comienzos y pocos finales.
¡Otra taza de café caliente, por favor!



Comentarios
Publicar un comentario