Jueves silencioso.

Perdida entre tanta oscuridad me encontraba en aquellos días, que ni siquiera podía recordar la belleza de la luz lunar entrar por mi ventanal.
Aquella noche hundida estaba, cuando la vi nacer de la nada. El azul fundía la noche, sin siluetas, sin miradas, sin rarezas. Los ojos me ardían, igual que todo el pecho; sin lluvia, sin aire, sin luz y sin...
Color plata, pureza y esperanza brotaron en el cielo, pizcas de luz germinaron esparcidas, estrellas y Luna perdidas. Y ahí estaba ella, retratada en el satélite, de espalda, en tonos blanco y negro, con el cabello de mil colores y las manos ocupadas trenzando sus sueños y esperanzas enmarañados. La vi florecer entre las tinieblas, la vi enloquecer en la incertidumbre, repleta de compañías pero extraviada entre soledades, con lluvias en sus cafés universos y anhelando que el Sol la acompañara en aquellas horas de noche que parecían eternas sin él. 
En el cuerpo llevaba tatuados mil versos sin principio ni final, letras sin direcciones, comas y guiones largos de monotonía y puntos que no podían terminar. Me acerqué sin que me viera, me aveciné sin darme a notar, silenciosa, sutil, callada, armoniosa, para no alterar aquello que no podía comenzar. Observé sus cicatrices muy de cerca, pero con precaución a cada paso, miré con predilección sin tocar nada, sin mover, sin palpar, sin rozar ni un pedazo. Me escondí detrás de los árboles, me sumergí entre lagos, me metí bajo tierra, me camuflé con oscuridad, tratando de no ser vista, intentando no ser reconocida. Y lo logré por unos segundos, minutos y tal vez días, pero la forma en la que ella recitaba su poesía me cautivó, ni las sirenas consiguieron resistirse, la marea se elevó, los búhos prestaron atención, los grillos se silenciaron y el viento se calmó para escuchar su preciosa voz. Era como una canción de cuna que hipnotizaba a cualquier ser, era como sentir su dolor recorrer tu propia piel, la forma en la que escribía te hacía destilar sentires inexplicables, no podías pensar, no podías seguir, era todo tan insondable que no se conseguía escapar de allí. Las letras me volvieron prisionera y un día decidí hablar.Las manos me temblaban, la respiración se aceleraba, temía su respuesta, su reacción, temía indiferencia y palabras que atravesaran mi alma como navajas, pero fue tan dulce su veredicto que la quise aún más cuando respondió a mi llamado.

Pasaron las noches y surgieron nuevamente los días para las dos. En ella encontré lo que jamás había presenciado, gracias a ella vi en mí lo que nunca había notado. Fue mi guía en mi descenso al infierno, fui la escalera que la ayudó a llegar al cielo. Aquel ser del que los griegos me hablaron, la mitad de mi corazón, la parte esencial que solía buscar, la mujer que me completó, la canción que me contentó. "Viento", me llamó, y justo como ella predijo, cada noche nos encontramos en el azul. Me llenó de esperanzas e ilusiones para nada vanas, viajamos al espacio con las alas que nos regalamos, juntas, como dos almas que buscaban libertad, como dos aves que querían escapar. La luz vino nuevamente cuando nos encontramos, las flores crecieron en primaveras, me enseñó a anhelar que los Jueves llegaran y cada minuto se me hacía eterno para que la noche llegara y así poder verla y unirme a ella.

Hoy es Jueves, nuevamente.
Hace un par de años floreciste, en algún lugar del mundo, cuando la miel resbalaba hacia la tierra, cuando las estrellas fugaces iluminaban existencias y las mujeres se ponían celosas por tan hermosa criatura nueva. 
Piel de algodón, ojos de perdición, labios sabor miel, lunares que adornaban tu tez. Así fue, cuando regalaste alegría al mundo entero en un día como hoy, cuando miles sonrisas iluminaron la ciudad, cuando te vieron crecer aquellas personas que ansiaban verte nacer. Pequeña gota de esperanzas y amor, inundada de pasión y versos enredados. 

Ahora, ya con diecisiete felicidades, quinientas lunas llenas y mil cuartos menguantes. Preciosa verdad, sutileza y nobleza, continúas llenando el mundo de grandeza. 
No he tenido la oportunidad de verte caminar por ahí, sin destino, perdida entre multitudes, llena de majestuosidad y perfumes delirantes. Pero la esperanza vive en mí, porque me la obsequiaste y mientras nos encontramos por fin, me quedaré esta noche a observarte, tan bella y apasionante, como sueles mostrarte cada noche mientras declaras: "Querida, querida mía, te he echado tanto de menos..."



Dedicado a quien nace cada día Jueves, pero en especial este. 




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