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Mostrando las entradas de agosto, 2017

Mis veces.

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Una vez besé a un chico en los labios y volé. Una vez cuando tenía quince. Y el corazón se me quería salir del pecho, las piernas me temblaron con derecho y el tiempo colapsó sin remedio. Una vez cuando tenía quince. Una vez me enamoré de una ausencia y me perdí en la impaciencia de que esa persona me quisiera. Una vez cuando tenía catorce. Y creí por vez primera que encontraba mi alma gemela, me volví loca discreta y soñaba despierta. Una vez cuando tenía catorce. Una vez tomé de la mano a un desconocido con el que pasaba todos los crepúsculos de mi Marzo. Una vez cuando tenía doce. Y lo miraba a los ojos intentando averiguar qué pensaba, y le preguntaba si extrañaba a su viejo amor, pero él jamás contestaba. Una vez cuando tenía doce. Una vez arranqué del jardín de la abuela unas margaritas para mi madre. Una vez cuando tenía cinco. Y mi abuela enfadó, pero mi madre sonrió y miró al cielo y de pronto el sol brilló etéreo. Una vez cuando tenía cinco. Un...

Bailarina de luna.

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Con el conejo color gris en la punta de la nariz y el cabello dorado cayéndole sutil. Con sus inviernos bajo las pestañas y sus misterios de las mañanas, con su pasión desenfrenada y sus perennes madrugadas. Así, estaba, la doncella de las suturas en los pies y las heridas del corazón; la que bailaba para olvidar lo que algún día le pasó, la que amaba independiente las enigmáticas almas, la que florece en el oasis y se enamora de la calma. La niña que lleva tatuada en la piel la bóveda celeste y con sus alas alcanza la fortaleza que le pertenece. La que porta un vestido carmín que le llega hasta la raíz, la efímera incógnita que nadie logra descubrir. La chica indesnudable, que te estremece al sonreír, la pieza del rompecabezas que siempre logra resurgir. La que nace en las profundidades del mar en forma de viento, la que esconde sus versos bajo el cielo incierto; la cuenta estrellas nocturna, la que tiene clavados los recuerdos en el pecho. La bailarina inmortal que se sube a la Luna...

Un poema sin ti.

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Tengo un frasco de mermelada sin mermelada; tengo un cielo estrellado sin estrellas, un libro de poesía sin poemas y un corazón con ausencia de ti. Tengo ganas de llorar en las mañanas y de plantar flores en las campanas; tengo un miedo insuperable a bailar, y unas manos frías que no te dejan de buscar. Y mientras la Luna se mete por la ventana, apago las luces para ocultar tu falta bajo las sabanas, desde que te fuiste le temo a las madrugadas y a los insomnios eternos de ti. Algunas veces salgo descalza al jardín, imagino que estás junto a mí; que me llenas el rostro con tus besos y que tu cabello se vuelve nuestro secreto eterno. Enciendo la radio a la misma hora cada día, y por más que intento encontrar la calma, no me dejan las manecillas, el tic tac resuena en cada esquina y a las doce del medio día aparecen tus melodías.  Después voy a la cocina, reviso toda la estantería, no encuentro platos, vasos o cucharitas, lo único que me queda es una barra de ma...