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Mostrando las entradas de octubre, 2017

Nombres propios.

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El que tenía los ojos color sol y la piel de durazno el que albergaba la esperanza en cada una de sus manos el que soñaba en grande y escribía poesía a escondidas el que jugaba a cantarle a la luna diez mil melodías el que se iba al medio día y volvía cada marzo sin control que tocaba las campanas del adiós el que se despedía sin decir hasta nunca porque no se iba no se quedaba el que enamoraba a las estrellas con la serifia de su voz el sol Manuel que iluminaba mi oscuridad pero no me sabía amar el que jamás se irá el que jamás volverá el que no le pertenece a nadie más que a la puesta de sol el que tiene cien lunares y una inconmensurable pasión el que no sabe amar a quien no dejas de amar el que se extraña pero no quieres volver a mirar. El de la espalda de galaxia que me escondía los miedos el que bailaba en la pista de hielo y se fumaba dos mil cigarrillos de ensueño el que manejaba un auto escarlata dos mil dos el de nombre Mario indeleble e impenetrab...

Abuela otoñal.

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La piel de mi abuela tiene sesenta y cinco años, bajo los ojos se le forman unas líneas que te conduce hacia el mar y sobre la mejilla derecha un hoyuelo que te lleva a lo más profundo de la inmensidad. Los cabellos de mi abuela son eternos como las noches bellas, algunos son todavía color negro y resguardan toda la vida que le espera; sin embargo, sus cabellos color blanco son más especiales, porque llevan impresas sus memorias más reales, aquellas que la trajeron hasta donde está ahora.  Mi abuela se despierta a las cinco de la mañana, y se para frente al espejo más o menos una hora, para retocarse los recuerdos de aquel gran amor que tanta falta le hace ahora. Mi abuela siempre lleva pendientes, pero muy a menudo los pierde; se la pasa escogiendo los ideales durante un largo rato, aunque sabe que no estarán con ella un eterno plazo. Mi abuela es la mejor en la cocina, ahí vive todo el día de Domingo, y cuando dice "la cena está lista" a veces se pone triste porque no está...