Domingo.
Ha llegado la hora de decirte adiós, ha llegado la hora de dejarte, amor. Fue un placer haber estado contigo cada día y tener esas maravillosas e inugualables ciento cincuenta y seis citas. Cuatro años, corazón, cuatro años de ilusión, de esperanzas y locuras amargas, hasta el día de hoy, en que escribo esto, mil cuatrocientos cincuenta y dos días de interminables esperas, de señales y fracasos, días grises y morados. Y aún sigo aquí, esperando encontrarte al andar por la calle, y todavía anhelo sentirte cerca, pero probablemente esta noche sea la última, y temo, temo que te vayas y no vuelvas más, temo no encontrarte en estos ocho días, temo perderte para siempre y romperme en mil pedazos si te vas. Te espero todavía, mientras se me acaba la última taza de queda-té. Finitos días y aún no sé tu nombre; muchas noches y todavía no veo tus ojos enormes. ¿Existes?, ¿estás?, ¿te quedas o te vas? ¡Oh, cariño mío, no sé qué pensar! Veneno letal extr...