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Sin azúcar.

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Conocí a una mujer oxidada el jueves pasado en el café del barrio. Yo estaba sentado en una mesa cerca de la barra y ella pidió un té, verde, sin azúcar y extremadamente helado. Se sentó sobre un banco y sus pies pequeñitos a penas lograban tocar el suelo. Llevaba el cabello bien enmarañando cayéndole sobre los hombros como dos cascadas incesantes desbordándose en secreto, porque además de tenerlo rizado y alborotado, también era de un color negro intenso. Tenía unas manos preciosas, delgadas y seguramente suaves, y llevaba las uñas pintadas de color cielo azul. Noté que mientras esperaba silenciosamente su taza, colocó la barbilla sobre la barra y dejó que esos párpados cayeran sobre sus ojos. Casi puedo asegurarles que sus pestañas hicieron colapsar dos estrellas al parpadear. Su piel era de un tono precioso, era bellísima porque su ser emanaba simpleza y tranquilidad. Llevaba un bolso colgado en el brazo, y al querer colocarlo sobre su regazo todo lo guardado terminó regado. Entonc...